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¡No necesitamos líderes!

4 de septiembre de 2012 Deja un comentario Go to comments

Debate sobre los principios del Socialismo II.

Esto es una contribución a la discusión en el Foro de Aporrea. Por su naturaleza general, le doy carácter autónomo a este texto. Pretende servir para aclarar los principios esenciales de nuestra orientación política y filosófica.

Una sociedad socialista no se puede realizar por decreto. Esta se basa en el reconocimiento general de los principios fundamentales de una comunidad, basada a su vez en la cooperación y la solidaridad. El fundamento racional de ello es la comprensión de nuestras condiciones de existencia. El fundamento emocional lo constituyen nuestras experiencias desde nuestra niñez temprana.

En el Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels podemos encontrar una expresión crucial: ‘La libre asociación de miembros libres’. Esto significa que el fundamento para una vida y actuación conjunta, cooperativa, sólo puede generarse a partir de la libre decisión por un determinado tipo de sociedad. Pero también significa que sólo individuos independientes podrán tomar esta decisión, ya que el espacio para una acción y decisión libre, presupone independencia. Si no existe ésta, el resultado sólo puede ser la sumisión esclavista.

Las sociedades socialistas colocan al ser humano y sus necesidades vitales en el centro. Todas las estructuras e instancias sociales están subordinadas a este objetivo. No tienen su fín en sí mismo. Son – si existe la necesidad que se formen en primer lugar – nada más que instrumentos de y para los seres humanos que se organizan de manera libre, con el fin de solucionar problemas y enfrentar tareas sociales. Su derecho de existencia está subordinado exclusivamente a la necesidad articulada y expresa de las comunidades locales.

La historia del movimiento socialista nos demuestra algo totalmente diferente. Nos conseguimos con que unas concepciones impuestas fueron elevadas a categoría de ‘fín-en-sí-mismo’. Los espacios de acción que se le permitieron a la gente fueron derivados de la recitación y repetición de lo que habían dicho los líderes teóricos, puestos en escena, y los tan necesarios procesos de toma de decisiones no se desprendieron de un análisis de la respectiva situación concreta, sino lo que se hizo fue ponerle encima a la realidad un modelo preformado.

Esto no sólo tenía que ver con incomprensión sino frecuentemente con la conservación y el establecimiento de unas estructuras estatales parasitarias, que luego mutarían en fínes para sí mismos. La consecuencia era el necesario surgimiento de unas contradicciones que a menudos tenían que ser resueltas por medio de la violencia, o que simplemente fueron obviados. Un ejemplo emblemático fue el conflicto entre Rosa Luxemburgo y Vladimir Iljitsch Uljanov (Lenin). Rosa Luxemburgo defendió el reconocimiento incondicional de las condiciones específicas, locales, y el despliege del potencial existente para que naciera una comunidad solidaria. Lenin defendió al aparato, que necesariamente tiene un interés propio y puede, ciertamente, estar en una posición coercitiva frente a la población para imponer un supuesto interés común, construido en la abstracción.

Podemos reencontrar este tipo de conflicto en todas sus mátices a lo largo del tiempo. Leo Trotzki era una persona que no quiso tomar partido definitivo ni para uno, ni para otro lado. En su escrito ‘La revolución permanente’ lo expresó de manera sistematizada. Con ello, se convirtió en un objetivo de ataque decidido, tanto para aquellos quienes confiaron en el ‘aparato’, como para aquellos que lo querían instrumentalizar para sus fines propios.

La sociedad burguesa también tiene sus grietas y sus distorsiones. Pero con toda la diferencia de interpretación posible, lo que la destaca es su dogma central de la acumulación de riqueza individual, que siempre y necesariamente está basada en el robo de lo que le pertenece a la colectividad. Está comprometida con la formación de grupos elitéscos y no obstante sus esfuerzos por enmascararse, este es su principio fundamental que se mantiene y defiende a la fuerza.

Un buen ejemplo es el desarrollo de las dos Alemanias después de la Segunda Guerra Mundial. En 1953, se prohibió el Partido Comunista en Alemania Occidental. Al mismo tiempo empezó en Alemania Oriental (República Democrática Alemana RDA) el proceso en contra de Wolfgang Harich, quien era miembro del grupo de los ‘socialistas utópicos’ en torno a Georg Lucacs. El objetivo central de este grupo era la autogestión obrera – o control obrero, como decimos aquí – basada en el trabajo de Leo Trotzky y Mijail Bakunin. Con este objetivo declarado, que también encontró su expresión en los consejos dentro de las comunas, este grupo fue considerado enemigo principal de la RDA y así es como la idea de la autogestión obrera resultó ser el enemigo común tanto en Alemania Occidental como en Alemania Oriental.

En aquél tiempo, en toda Alemania, existía una mayoría expresa a favor de la disolución de la apropiación privada de los recursos sociales, tales como la propiedad de tierra, medios de producción, sistemas de transporte, servicios básicos como agua, energía eléctrica y el conocimiento. Aquí podemos ver que las fuerzas motrices para la formación de la violencia estatal con sus instancias de incapacitación, poco tienen que ver con frases ideológicas sino que siempre obedecen a intereses materiales.

En 1956 en la RDA, esta confrontación se había decidido, por medio del juicio contra Walter Janka y la Editorial Aufbruch, a favor de un grupo interesado en un capitalismo de Estado de tipo mafioso y burocrático. Con ello, el proyecto socialista de la República Democrática Alemana había llegado a su fin.

En Alemania Occidental pudieron observarse tendencias similares con el mismo objetivo de disolver el movimiento obrero y la autogestión local, o, si esto no resultase, neutralizarlos. Hay que destacar la participación originaria de las instancias burocráticas de los EE.UU. y de Gran Bretaña en este asunto. No hesitaron de reposicionar a los viejos fascistas en las instituciones del Estado. Lo mismo era cierto en cuanto al sistema monetario. En 1953 se empezó a efectuar el rearme de Alemania, es, decir, se revivió al ejército. Esto poco tenía que ver con el incipiente conflicto Este-Oeste o Guerra Fría, que en realidad sólo intentaba actuar en los niveles de propaganda e instilación de miedo, sino y en primer lugar estaba dirigido hacia dentro. Lo mismo ocurría en el lado oriental de Europa. También allá los sistemas de violencia estatal estaban dirigidos, en primer lugar, hacia dentro.

De nuestra propia experiencia y de la observación de los acontecimientos que se dieron en el transcurso de la historia en Europa y en todas partes del planeta, podemos extraer un sustrato esencial, que es el siguiente. A nivel mundial, existen dos corrientes principales:

1) la estructuración elitista, basada en la propiedad privada de los recursos sociales y de los sistemas monetarios con fines de llevar adelante la esclavitud indirecta. Los medios esenciales para su realización son unos sistemas estatales que formulan e imponen, frente al individuo, un supuesto interés común, construido en la abstracción.

2) la estructuración comunal, fundamentada en un alto grado de responsabilidad propia y autogestión. Se basa en nuestra propia historia y ha sido – y sigue siendo – empleada en todas partes del planeta. Tiene su anclaje en la libre formación de redes de comunidades locales independientes y por ello no necesita de los sistemas estatales u otro género de establecimiento de espacios de dominación.

La segunda corriente la encontramos presente en el término ‘Socialismo del Siglo XXI’. Si bien este término suena algo raro y no tiene que ver mucho con las condiciones reales, por lo menos abarca, en las bases de sus definiciones, los criterios de una condición social que se basa en comunidades localmente independientes y en gran parte autónomas que necesariamente se organizan en redes. Tal y como los seres humanos de antaño solían hacerlo.

Es en este camino de la generalización de la cooperación y la solidaridad que desaparecen todos los conflictos que se basan en la competencia por privilegios individuales y en prejuicios, tanto en la esfero global, como en la esfera local. Con ello reconectamos nuevamente con aquellas culturas que, en última instancia, han aportado el esfuerzo esencial en el desarrollo de la especie humana.

Mientras tanto, sin embargo, disponemos de un instrumento decisivo, que nos posibilita conectarnos independientemente del tiempo y del espacio: el Internet. Es el medio para la comunicación indirecta que supera todas las distancias y separaciones. El Internet se volverá el ‘sepulturero del capitalismo’, como ya lo podemos leer en el Manifiesto Comunista, aun cuando ahí se habla sólo de las fuerzas productivas de manera general. Con ello se abre el espacio para un principio esencial: pensar a nivel global, actuar a nivel local. Se realiza el principio de la cooperación y solidaridad internacional.

Con el libre acceso a los conocimientos de la humanidad, a la herencia mundial del desarrollo humano y al libre intercambio de nuestras ideas y concepciones, nos habilitamos para realizar los requisitos del buen vivir para todos en todas partes del planeta, sin ventajas ni privilegios individuales. Y esto lo hacemos minimizando el esfuerzo necesario, basándonos en la naturaleza, la Madre Tierra, como una parte consciente de ella, fundamentados en ella como nuestra única base de existencia.

Rafael Correa de Ecuador marcó una expresión fantástica: “No estamos viviendo una época de cambio, sino un cambio de época.” La era de las comunidades humanas estructuradas de manera elitista data de hace ocho a diez mil años atrás. Casí dos mil años de la oscuridad más profunda en Europa por medio del bloqueo total del desarrollo, gracias al cristianismo. La cuna del fascismo. 500 años de destrucción en América Latina, África y Asia. Robo, asesinato, expulsión violenta por doquier. En el centro siempre los cristianos, apologetas de la tiranía en función de atomizar a las comunidades sociales y de subyugarlos a la explotación del capital.

A esto le pondremos fin. Nosotros estamos desarrollando un nuevo mundo basado en los viejos principios de la equidad y de la consecuente igualdad. Nuestras relaciones se basan en la cooperación, solidaridad y el respeto mutuo. De esta manera vuelve a relucir una expresión esencial de la verdadera cultura judía: “no hagas a tu prójimo lo que no quieras que te haga a tí.” Esta es nuestra base, unos con otros.

A raíz de mi propia experiencia pienso que esto, por los momentos, sólo es posible en América Latina. Sólo aquí existe la sinceridad y libertad en el pensar, en la búsqueda de la verdad y en la experimentación e investigación sobre las posibilidades de cómo podemos acercarnos a nuestros objetivos y hacer realidad nuestras visiones. Siempre en comunidad, y siempre como una diversidad de iguales. ¡No necesitamos líderes!

Willi Uebelherr, 03.09.2012

wube@gmx.net

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Categorías:Filosofía Conceptual
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